La niña sin sombra


Cuando los compañeros que organizaban la jubilación del profesor Hernández quisieron contactar con algunos de sus antiguos alumnos para que se dirigiesen a su viejo maestro en el momento del retiro, se llevaron una sorpresa. Tomaron los registros del archivo del instituto y llamaron al azar a algunas de las personas a las que el  Hernández había tenido como alumnos a lo largo de sus treinta y seis años de carrera, y comprobaron que las cuatro primeras personas se habían dedicado profesionalmente a la prostitución.

Extrañados, pensaron que se trataba de una coincidencia. Pero siguieron llamando a más y más exalumnos, y todos, sin excepción, se habían convertido en profesionales del sexo. Los había en el sector más de lujo, ganando verdaderas fortunas por sus favores, pero también había otros que se vendían por unas pocas monedas con que pagar todo tipo de adicciones. Algunos hombres se prostituían con hombres, otros con mujeres, las mujeres en general lo hacían con hombres, también había un grupo de travestidos e incluso transgénero. Pero todos, todos los alumnos del profesor Hernández se prostituían como medio de vida.  

El descubrimiento fue sorprendente, en primer lugar para ellos, los alumnos, pues no mantenían contacto entre sí y no sabían que todos sus antiguos compañeros compartían su modo de vida. Pero sobre todo, fue una sorpresa para el pobre profesor Hernández, que durante tantos años había enseñado matemáticas sin despertar el más mínimo interés en nadie que llegase a escucharle, y que no tenía ni idea del desarrollo profesional de sus antiguos discípulos. Y si durante toda una vida tus discípulos han acabado prostituyéndose, a lo mejor es que algo has hecho mal, se dijo. Pero por mucho que reflexionase, no se le ocurría qué podía tener que ver él con tan extraña elección de profesión por parte de tanta gente, pues en total eran unos tres mil, un ejército de putas y gigolós salidos de las aulas y el polvo de la pizarra del atónito profesor.

Durante varios días consideró el suicidio como única salida, de hecho casi toda su familia estaba de acuerdo y le animaba a hacerlo, pero de pronto un día, repasando antiguos apuntes y programaciones, se dio cuenta de que durante toda su vida de profesor de matemáticas había estado explicando mal el teorema de Pitágoras, resulta que por un despiste él siempre decía que la suma de los cuadrados de los catetos era igual a la del cuadrado del hipopótamo. Un detalle tonto, casi un chiste, pero no se había dado cuenta de ello hasta ahora que se jubilaba. El comité internacional de sabios que se reunió para analizar el caso concluyó que el hecho de meter a un hipopótamo en medio de una clase de matemáticas había provocado una distorsión cognitiva en todos sus alumnos, y eso les encaminó a todos irremediablemente al oficio más viejo del mundo. Un ejército de rameras y prostitutos por culpa de una palabra confundida en unos viejísimos apuntes que el profesor repetía mecánicamente cada año, porque en realidad a él las matemáticas no le importaban una higa, y el sueño de su vida siempre había sido tener agallas para irse de putas todos los domingos. En vez de eso, los domingos los pasaba en casa corrigiendo los trabajos de sus alumnos, en los que inadvertidamente él mismo había plantado la semilla del vicio y del fango más arrastrado.

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